Llegar al campamento: el momento clave que define tu experiencia en la montaña
Después de varias horas caminando, con la respiración aún agitada y los hombros marcados por la mochila, por fin llego al lugar donde voy a acampar. Podría tirarme al suelo y descansar de inmediato… pero sé que este momento es clave. En la montaña, llegar no significa terminar: significa hacer bien las cosas.
Lo primero que hago es mirar alrededor. No instalo la carpa al azar. Busco una pirca, esas pequeñas murallas de piedra que alguien armó antes, quizás con el mismo objetivo que yo ahora: protegerse del viento. En lugares expuestos, una pirca puede ser la diferencia entre una noche tranquila o una carpa golpeando sin parar.
Cuando encuentro un buen lugar, me aseguro de que el suelo esté lo más limpio posible. Saco piedras, reviso que no haya nada que incomode o pueda dañar la carpa. Recién ahí empiezo a armar.
Aunque esté cansado, no lo hago a medias. Instalo bien la carpa, afirmo las estacas, tenso los vientos. He aprendido que en la montaña el clima cambia rápido, y lo que armaste “rápido” después te puede pasar la cuenta en la noche.
Con el campamento ya en pie, recién pienso en mí.
Estoy transpirado. La espalda mojada. El cuerpo caliente por la subida. Y si me quedo así, sé lo que viene: el frío empieza a meterse de a poco, bajando la temperatura corporal sin que te des cuenta.
Así que me cambio la polera de inmediato. Una seca, ojalá térmica. Ese simple gesto cambia todo: pasas de estar incómodo a volver a sentir control sobre tu cuerpo.
Después vienen los pies. Me saco los calcetines húmedos y me pongo unos secos. Puede parecer un detalle menor, pero no lo es. Pies secos son pies calientes. Y en la noche, eso se agradece más que cualquier otra cosa.
Con el cuerpo ya más cómodo, ordeno mis cosas. Cada cosa en su lugar. Dejo a mano lo importante: linterna, abrigo, agua. No hay nada peor que buscar algo a oscuras o con frío.
Luego agarro las botellas y voy por agua. Prefiero hacerlo altiro, antes de que caiga la tarde o me gane el cansancio. El agua en montaña no siempre está al lado, así que mejor asegurarse temprano.
De vuelta en el campamento, empiezo a cocinar. Algo caliente. No solo para llenar el estómago, sino porque el calor también reconforta. Es como decirle al cuerpo: “ya, ahora sí, puedes descansar”.
Y recién ahí, con todo listo, me siento.
A veces simplemente descanso, mirando el entorno, dejando que el silencio haga lo suyo. Otras veces, si aún queda luz y energía, camino un poco cerca, reconozco el lugar, observo las rutas, disfruto el paisaje.
Pero siempre con la misma sensación: ya está todo en orden.
Porque en la montaña, el descanso no empieza cuando dejas de caminar… empieza cuando haces bien cada uno de estos pequeños pasos.