Derretir nieve: una noche en la que aprendí a hacer agua

Esa tarde llegué al campamento cansada, pero contenta. Había sido un buen día. De esos donde el cuerpo duele, pero la cabeza está en calma. Armé la carpa, dejé la mochila a un lado y, cuando por fin me senté, me di cuenta de lo obvio: no había agua.

Ni un estero, ni una vertiente. Solo nieve.

Suspiré, agarré la olla y salí. El frío ya se sentía más fuerte, ese que aparece cuando el sol empieza a esconderse. Sin pensarlo mucho, empecé a juntar nieve de la superficie. Se veía blanca, limpia, perfecta.

Volví a la carpa, prendí la cocinilla y la puse a derretir.

Me quedé mirándola mientras cambiaba de forma, de textura… de estado. Es raro pensar que algo tan sólido, tan frío, termine siendo el agua que te vas a tomar.

Pero algo no me convencía.

Recordé algo que había escuchado antes, casi como un comentario al pasar: “la nieve de arriba no siempre es la mejor”. Así que salí de nuevo.

Esta vez escarbé un poco. Metí la mano más abajo, donde la nieve estaba más compacta, más densa. Se sentía distinta. Más “protegida”. Llené la olla otra vez y volví.

Ahí entendí algo simple, pero importante: la nieve de la superficie está expuesta a todo. Viento, polvo, partículas que ni siquiera ves. Aunque se vea blanca, no necesariamente está limpia.

Esa noche, mientras el agua se derretía de nuevo, también entendí otra cosa.

El agua de nieve… no es como la que tomamos siempre.

Es liviana. Casi sin cuerpo. Después supe por qué: no tiene minerales. Todo eso queda atrás en el proceso natural que forma la nieve. Lo que estás tomando es agua “vacía”, por decirlo de alguna forma.

No es mala. Pero tampoco es completa.

Para cocinar, no me compliqué. Herví el agua, hice algo caliente y listo. El cuerpo lo agradeció altiro.

Pero cuando me serví un poco para tomar, el sabor era distinto. Ahí fue cuando empecé a agregarle electrolitos, esos polvos que muchos llevamos “por si acaso” y que esa noche hicieron todo el sentido.

El agua cambió. Y yo también.

Desde ese momento, cada vez que derrito nieve hago lo mismo:
busco capas más bajas, hiervo el agua, y si la voy a tomar, le agrego minerales.

También aprendí a no comer nieve directamente. Lo hice antes, como todos… pero te enfría más de lo que ayuda.

Esa noche no fue épica. No hubo cumbre, ni fotos increíbles.
Pero fue de esas que se quedan.

Porque en la montaña, incluso algo tan básico como hacer agua…
termina enseñándote a hacer las cosas mejor.

Mujer acampando en la nieve preparando comida en una olla con una estufa de camping, vista desde dentro de una tienda de campaña en un paisaje montañoso con cielo nublado