Cómo preparar tu primer Cerro El Plomo
Si soy sincero, cuando comencé en este mundo ni siquiera sabía que en la Región Metropolitana existían montañas de más de 5.000 metros de altura. Mucho menos tenía como objetivo subir el Cerro El Plomo.
En ese momento solo buscaba algo diferente para hacer los fines de semana. Quería conocer gente, salir de la rutina de trabajar de lunes a viernes, disfrutar de la naturaleza, salir de la casa y crear recuerdos.
Mis primeros meses, aproximadamente entre febrero y junio, estuvieron completamente enfocados en dos lugares: El Manzano y El Toyo. Fueron mis verdaderas escuelas de montaña.
La mayoría de esas salidas las hice completamente solo. Ahí aprendí a cargar peso en la espalda, a moverme con mochila, a cocinar, a montar mi campamento y, sobre todo, a cuidarme por mi cuenta. No voy a mentir, sí me daba miedo que me pasara algo. Durante el otoño e invierno casi no encontraba personas. Con suerte veía a alguien que iba solo por el día, pero cuando llegaba la tarde prácticamente quedaba completamente solo.
Mis días eran simples, pero los disfrutaba muchísimo: armar la carpa, buscar leña, cocinar, grabar videos, recorrer los alrededores y terminar el día sentado mirando el paisaje.
Las noches, en cambio, eran otra historia.
No empecé con el mejor equipo. Recuerdo que en pleno invierno las temperaturas rondaban los 4 °C, mientras que mi saco de dormir, siendo optimista, probablemente entregaba comodidad solo hasta unos 7 °C. Despertaba varias veces durante la noche por el intenso frío. Para soportar el frio a veces encendía la cocinilla dentro de la carpa con mucho cuidado, calentaba un poco el ambiente, preparaba un café caliente y luego volvía a acostarme intentando dormir un rato más.
Así fue como realmente comenzó mi vida en la montaña.
Con el tiempo decidí dar un paso más e inscribirme en un grupo de montañistas. Gracias a ellos pude volver por la revancha del Cerro Pintor, conocer el Cerro Polvareda, visitar el OvniPuerto y enfrentar uno de los desafíos que más recuerdo hasta el día de hoy: el Cerro Leonera una salida de dos días con apoyo de mulas.
Éramos 21 personas, si mal no recuerdo: 17 mujeres y 4 hombres. Finalmente solo alcanzamos la cumbre 11 integrantes: 9 mujeres y 2 hombres. Muchos decidieron regresar antes debido al frío extremo.
Si ese día alguien me hubiera preguntado: "¿Nos devolvemos todos?", probablemente habría respondido que sí.
Recuerdo perfectamente la espera en Piedras Lunares mientras aguardábamos al resto del grupo. El frío era brutal. Tuve que pedirle a una compañera si podía sentarme a su lado para compartir un poco de abrigo mientras esperábamos.
Quienes no conocen esa ruta deben saber que desde el campamento hasta la cumbre del Leonera prácticamente no existe ningún lugar donde refugiarse del viento. Una vez que sales, solo queda seguir avanzando y soportar el frío del amanecer.
Sin darme cuenta, cada una de esas experiencias me estaba preparando física y mentalmente para un objetivo mucho mayor. Aunque yo todavía no lo sabía, el Cerro El Plomo ya empezaba a aparecer en mi camino.
Como comenté mas arriba, comencé en la montaña durante el mes de febrero. Ese mismo año, en agosto, decidí complementar mis salidas inscribiéndome en un gimnasio. Iba dos veces por semana y entrenaba aproximadamente una hora por sesión. En ese momento no tenía un plan específico; simplemente quería mejorar mi condición física para disfrutar más la montaña.
Tres semanas después de haber alcanzado la cumbre del Cerro Leonera con el grupo de montañistas, decidí volver, pero esta vez completamente solo. Quería comprobar si era capaz de repetir esa montaña por mi cuenta. Fue una experiencia muy especial y les dejaré una fotografía de ese día tomada desde mi cuenta de Instagram.
El fin de semana siguiente, aprovechando que ya había dormido sobre los 4.000 msnm y contaba con una buena aclimatación, llegó el momento de intentar el Cerro El Plomo.
Como iría con el grupo de montañistas, la organización estableció que la salida sería de tres días utilizando mulas para transportar gran parte del equipo. Como todavía no conocía la ruta y no quería arriesgarme a intentarlo solo, acepté las condiciones sin pensarlo mucho.
Preparé mi mochila y comenzó la aventura.
Recuerdo que, al inicio de la caminata hacia la cumbre en el segundo día, me tocó cerrar la cordada. Era la última persona del grupo y, desde ese momento, nadie podía quedar detrás de mí.
Después de varias horas caminando por la antigua ruta de Federación, antes del colapso del sendero, uno de los compañeros decidió relevarme para quedarse cerrando el grupo. Gracias a eso pude avanzar a un ritmo más rápido.
En un momento, sin darme cuenta, seguí caminando a mi propio paso. Llevaban tanta ropa por el frío que apenas distinguía a las personas y nunca imaginé que el resto del grupo se había detenido en el Refugio Agostini.
Yo simplemente seguí avanzando.
Nunca se me ocurrió preguntar por la radio dónde estaban. Era la primera vez que utilizaba una radio durante la salida y, para ser sincero, ni siquiera pensé en usarla.
Seguí caminando y caminando...
Sin saberlo, había pasado de ser el último de la cordada a convertirme en uno de los primeros.
Finalmente llegué a la cumbre del Cerro El Plomo.
Recién ahí avisé por radio que estaba llegando. La respuesta me sorprendió: me comentaron que me había adelantado muchísimo al resto del grupo.
Ya no había nada que hacer.
Estaba en la cumbre.
Recuerdo que había bastante gente disfrutando del lugar. Yo estaba feliz. Había alcanzado una montaña que meses atrás ni siquiera sabía que existía.
Lo más curioso fue que el tramo entre el Refugio Agostini y la cumbre lo hice completamente solo, convencido de que el resto del grupo venía muy cerca de mí.
Como había llegado con bastante anticipación, me tocó esperar. Aproveché de dormir una pequeña siesta de casi una hora sobre la cumbre y luego seguí descansando cerca de dos horas más mientras llegaban mis compañeros.
Fue una cumbre inolvidable.
Sin embargo, mi historia con el Cerro El Plomo no terminó ese día.
Tres fines de semana después decidí regresar nuevamente, esta vez en una salida de dos días y completamente solo. No necesitaba arrieros, ni una cordada, ni un grupo de apoyo.
Solo quería volver a ese lugar.
Solo quería estar ahí, acompañado únicamente por la montaña y por mis propios pensamientos.
Lo que aprendí en mi primer año en la montaña
Cuando miro hacia atrás, me doy cuenta de que en menos de un año logré subir dos veces el Cerro Leonera y dos veces el Cerro El Plomo. Para muchos montañistas eso puede parecer algo normal, pero para mí significó muchísimo porque partí completamente desde cero, sin experiencia y sin el mejor equipo.
Estas son las lecciones que me dejó ese primer año.
1. Salir solo me ayudó a conocer personas
Aunque la mayoría de mis primeras salidas fueron en solitario, gracias a ellas terminé conociendo montañistas que compartieron información, consejos y experiencias. Gran parte de lo que sé hoy comenzó con esas conversaciones.
2. La constancia vale más que la motivación
Durante mis primeros seis meses prácticamente no falté ningún fin de semana. Si el mes tenía cuatro fines de semana, los cuatro estaba en la montaña. Esa repetición fue la que realmente marcó la diferencia.
3. No esperé tener el mejor equipo para comenzar
Partí con una mochila de la universidad, un juego de ollas económico, una carpa básica de Decathlon y una frazada como aislante. No era el equipo ideal, pero era lo que tenía. Si hubiera esperado tener el equipo perfecto, probablemente nunca habría comenzado.
4. Pasar frío me enseñó la importancia del buen equipo
No sé si pasar frío me hizo más fuerte, pero sí me enseñó una gran lección: un buen equipo no es un lujo, es seguridad y comodidad. Después de esas experiencias entendí en qué cosas realmente valía la pena invertir.
5. Un buen calzado cambia completamente la experiencia
Mis primeras salidas las hice con zapatillas de ciudad. Cuando llegó el invierno compré mis primeras botas Mammut con Gore-Tex y la diferencia fue enorme. Fue una de las mejores inversiones que hice.
6. Invertir poco a poco en equipo de calidad
Con el tiempo fui mejorando mi equipo. Primero una buena mochila, luego una chaqueta impermeable, un pantalón de trekking y ropa impermeable. No compré todo de una vez; fui avanzando paso a paso.
7. La montaña se volvió una prioridad
Nunca dejé de salir. Incluso el primer intento al Cerro Leonera estaba programado justo después de Navidad, lo que significó perderme parte de una celebración familiar. En ese momento entendí cuánto quería seguir creciendo en este deporte.
8. Aprender con personas con experiencia también acelera el proceso
Ese año contraté agencias en dos oportunidades. Gracias a eso conocí lugares como Laguna Negra y viví experiencias que difícilmente habría realizado solo en ese momento, como acampar en invierno con temperaturas cercanas a los -10 °C junto al Embalse El Yeso.
9. El progreso no fue casualidad
Nada de lo que logré ocurrió por suerte. Fueron muchos fines de semana, muchas caminatas con peso, noches de frío, errores, aprendizaje y ganas de seguir mejorando. Cada salida me preparó para la siguiente.
10. Prueba tu equipo poco a poco
No estrenes todo tu equipo en una salida importante. Antes de enfrentarte a una gran montaña, úsalo en rutas más sencillas y en diferentes condiciones para conocer sus límites... y también los tuyos.
Así descubrirás si tu saco de dormir realmente abriga lo suficiente, si tu chaqueta resiste la lluvia, si tus botas son cómodas después de varias horas caminando o si tu mochila se adapta bien a tu espalda.
La mejor forma de ganar confianza no es comprando el equipo más caro, sino aprendiendo cómo responde tu equipo y cómo responde tu cuerpo en cada salida. Cuando llegue el momento de un desafío mayor, tendrás mucha más seguridad y sabrás exactamente qué esperar.
11. Nunca dejes de aprender
Cada salida es una oportunidad para aprender algo nuevo. No importa si llegas o no a la cumbre; siempre habrá una lección que te ayudará en la siguiente aventura.
Escucha a montañistas con más experiencia, estudia las rutas, acepta tus errores y no tengas miedo de reconocer lo que aún no sabes. Gran parte de mi crecimiento no fue por caminar más rápido, sino por aprender de cada experiencia y aplicar ese conocimiento en la siguiente salida.
12. Disfruta el proceso, no solo la cumbre
Es fácil pensar que el objetivo es llegar a la cima, pero con el tiempo entendí que los mejores recuerdos no siempre ocurren allí. Están en el campamento, en las conversaciones, en los amaneceres, en las noches de frío, en los errores, en las caminatas y en todas esas pequeñas experiencias que viven antes y después de la cumbre.
Si solo disfrutas el momento de llegar arriba, te perderás el 99 % de la aventura. Aprende a valorar todo el camino, porque es ahí donde realmente creces como montañista y como persona.
En la montaña, la experiencia no se compra; se construye paso a paso.
13. No te compares con nadie
No compares tu progreso con el de otras personas. Yo logré todo esto en un año, pero eso no significa que tú debas hacerlo en el mismo tiempo. Quizás lo consigas en diez meses, en tres años o incluso más, y eso está perfectamente bien.
La montaña no es una competencia contra los demás, sino un desafío contigo mismo. Cada persona tiene un punto de partida, un tiempo disponible, una condición física y una realidad diferente.
Avanza a tu propio ritmo, disfruta cada salida, aprende de cada experiencia y celebra cada pequeño logro. Al final, lo importante no es la velocidad con la que llegas a la cumbre, sino todo lo que te transformó el camino para llegar hasta ella.
La reflexión que más me deja ese primer año
Si tuviera que resumir todo en una frase sería esta:
No llegué al Cerro El Plomo porque fuera el más fuerte. Llegué porque durante meses fui constante cuando nadie veía el esfuerzo.
Vista de la cumbre del Cerro El Plomo
Lo que se puede ver desde la cima de Cerro El Plomo. Haz clic y desplázate por el mapa para explorar, y acerca o aleja la imagen para ver los nombres de las montañas vecinas.