Mujeres que conquistan la montaña en Chile

Durante mucho tiempo, la historia del montañismo chileno estuvo contada principalmente desde nombres masculinos. Sin embargo, las mujeres también han estado presentes en los cerros, paredes, glaciares y grandes expediciones, muchas veces enfrentando los mismos desafíos que cualquier persona que decide adentrarse en la montaña.

Hablar de mujeres en el montañismo no significa decir que todas viven las mismas experiencias. Cada una tiene sus propias motivaciones, capacidades, dificultades y formas de relacionarse con la naturaleza. Algunas encuentran en la montaña una profesión; otras, un deporte, una forma de viajar o simplemente un lugar donde sentirse libres.

Y aunque hoy es cada vez más habitual encontrarlas en senderos, cordadas y expediciones, hubo mujeres que comenzaron a abrir ese camino mucho antes.

Una historia que marcó al montañismo chileno

Uno de los capítulos más importantes ocurrió en 2001, cuando cuatro montañistas chilenas —Patricia Soto, Vivianne Cuq, Cristina Prieto y Andrea Muñoz— formaron parte de la expedición Chilenas al Everest.

En marzo de ese año, antes de viajar a Nepal, la prensa chilena relataba cómo las cuatro se habían preparado ascendiendo distintas montañas para intentar recrear las condiciones que encontrarían en el Himalaya. Vivianne Cuq era la jefa de la expedición.

No era simplemente un viaje para conocer el Everest. El objetivo era intentar alcanzar los 8.848 metros de la montaña más alta del mundo, algo que ninguna mujer sudamericana había conseguido hasta entonces.

La expedición también tuvo dificultades. Problemas con equipamiento, condiciones de nieve y situaciones de salud obligaron a modificar los planes y retrasar el ataque a la cumbre.

Un ascenso que quedó en la historia

El 23 de mayo de 2001, Patricia Soto, Vivianne Cuq y Cristina Prieto alcanzaron la cumbre del Everest. Andrea Muñoz, debido a problemas de salud, no pudo superar los 8.500 metros y tuvo que detener su ascenso.

Patricia Soto se convirtió así en la primera mujer chilena y sudamericana en alcanzar la cumbre del Everest. La expedición completa estuvo formada por siete personas, cuatro de ellas mujeres.

Pero hay algo que me parece especialmente interesante de esta historia: no fue solamente el resultado de una persona.

Fue el resultado de una cordada.

Cuatro mujeres se prepararon, viajaron y enfrentaron juntas una expedición que exigía mucho más que capacidad física. Había que soportar la altura, el frío, la espera, los cambios de planes y la incertidumbre de no saber exactamente qué ocurriría durante el ascenso.

Chilenas al Everest, 2001: cuatro montañistas chilenas que llevaron una expedición femenina hasta las alturas del Himalaya

Patricia Soto: mucho más que una cumbre

La historia de Patricia Soto es especialmente interesante porque el Everest no fue el final de su camino.

Después de aquella expedición comenzó otro desafío: completar las Siete Cumbres, es decir, alcanzar las montañas más altas de cada continente. Lo consiguió en 2007, después de ascender Aconcagua, Denali, Elbrus, Kilimanjaro, Vinson y Jaya, además del Everest. De esta manera se convirtió en la primera sudamericana en completar este desafío.

Pero quizás lo más interesante no sean solamente las cifras.

Antes de convertirse en una montañista reconocida, Soto comenzó acercándose a la naturaleza desde su familia y posteriormente conoció el montañismo durante su etapa universitaria. Allí comenzó a construir, poco a poco, la experiencia que posteriormente la llevaría a grandes expediciones.

Esto demuestra algo que muchas veces olvidamos: nadie comienza en la cima.

Antes de una gran expedición existen cerros pequeños, errores, aprendizajes, entrenamientos, compañeros y muchas jornadas en las que simplemente se aprende a caminar mejor por la montaña.

Vivianne Cuq y el camino de las mujeres hacia el Himalaya

Otra figura fundamental es Vivianne Cuq.

Su trayectoria demuestra que el montañismo femenino chileno no comenzó con el Everest. Antes de aquella expedición, Cuq ya tenía una larga relación con los deportes de montaña y había participado en escalada deportiva. Además, en 1999 organizó y lideró una expedición femenina sudamericana al Cho Oyu, de 8.201 metros.

Dos años después asumiría nuevamente un papel fundamental como jefa de la expedición Chilenas al Everest.

Eso permite entender que detrás de una fotografía en la cumbre existe mucho trabajo que normalmente no vemos: organización, entrenamiento, planificación, gestión del equipo y capacidad para tomar decisiones cuando las condiciones no son las ideales.

La montaña no solamente necesita personas capaces de subir.

También necesita personas capaces de liderar, organizar y cuidar a una cordada.

Los desafíos no son iguales para todas

Hablar de mujeres en la montaña también significa reconocer que pueden existir dificultades adicionales, pero sin asumir que todas las mujeres las viven de la misma manera.

Durante décadas, la montaña fue vista en muchos lugares como una actividad principalmente masculina. Encontrar referentes femeninos no siempre fue fácil y algunas mujeres tuvieron que abrirse camino en espacios donde eran minoría.

La propia expedición de 2001 nació en un contexto donde había pocas referentes femeninas capaces de mostrar que una mujer podía desenvolverse en grandes alturas. Las cuatro integrantes de Chilenas al Everest demostraron que una expedición femenina podía prepararse y enfrentarse a un objetivo de máxima exigencia.

Pero tampoco creo que la historia deba reducirse a una lucha entre hombres y mujeres.

La montaña finalmente pone a prueba a todos.

El frío no distingue.

El viento no distingue.

La altura tampoco.

Lo que sí puede cambiar es la posibilidad de encontrar oportunidades, referentes y personas que te digan: “sí, tú también puedes intentarlo”.

Preparación antes que valentía

Una de las cosas que más me gusta del montañismo es que la confianza no debería confundirse con exceso de confianza.

Llegar a una cumbre no depende solamente de querer hacerlo.

Hay que entrenar, aprender a utilizar el equipo, estudiar la ruta, conocer las condiciones meteorológicas, saber cuándo avanzar y, quizás lo más importante, saber cuándo regresar.

Esto es especialmente importante cuando una persona comienza a realizar actividades en solitario o quiere pasar de trekking a montañismo de mayor dificultad.

La independencia en la montaña no significa hacerlo todo sin ayuda.

Significa ser capaz de tomar buenas decisiones.

La montaña también se construye en comunidad

Existe una contradicción muy bonita en el montañismo.

Puedes sentir una enorme independencia caminando por un sendero, pero al mismo tiempo la montaña te enseña lo importante que es contar con otras personas.

Una compañera puede ayudarte a superar un tramo complicado. Un compañero puede darse cuenta de que estás demasiado cansada. Alguien puede compartir conocimientos que tú todavía no tienes.

Y también ocurre al revés.

Cada persona que aprende algo puede transmitirlo a otra.

Por eso creo que las mujeres que llevan años practicando montaña tienen un papel importante: compartir sus conocimientos y experiencias con quienes recién están comenzando.

No necesariamente tienen que convertirse en referentes nacionales.

A veces basta con acompañar a una amiga en su primer trekking.

No todas buscan la misma cumbre

Hay mujeres que quieren subir un 6.000.

Otras prefieren caminar durante varias horas por un sendero.

Algunas encuentran su pasión en la escalada.

Otras disfrutan acampando junto a un río.

Y también están quienes simplemente quieren alejarse durante un día de la ciudad y respirar aire limpio.

Todas esas experiencias son válidas.

Porque practicar montaña no debería convertirse en una competencia para demostrar quién sube más alto.

La verdadera pregunta quizás sea otra:

¿Qué estás buscando cuando llegas a la montaña?

Cuando una mujer se atreve, otra puede encontrar el camino

Quizás uno de los aportes más importantes de las montañistas que llegaron antes no sea solamente haber alcanzado determinadas cumbres.

Es haber dejado un precedente.

Cuando una persona ve a alguien parecido a ella realizando algo que parecía lejano, la idea cambia. Ya no parece imposible.

La historia de Chilenas al Everest es un buen ejemplo. En 2001, Patricia Soto, Vivianne Cuq y Cristina Prieto llegaron a la cima del Everest, mientras Andrea Muñoz alcanzó una gran altura antes de tener que abandonar el intento por motivos de salud. La expedición mostró distintas formas de vivir el mismo desafío y también que no llegar a la cumbre no borra todo lo realizado para llegar hasta allí.

Y quizás esa sea una de las mejores enseñanzas de la montaña.

Más allá de llegar a la cumbre

Cuando vemos una fotografía de alguien sobre una cima, normalmente vemos solamente los últimos minutos de una historia que pudo comenzar meses o incluso años antes.

No vemos los entrenamientos.

No vemos las dudas.

No vemos las veces que hubo que regresar.

No vemos las conversaciones con compañeros.

No vemos el esfuerzo económico, la planificación ni las decisiones difíciles.

Solo vemos la cima.

Por eso creo que hablar de mujeres en la montaña no debería limitarse a enumerar récords o grandes ascensos.

También debemos hablar de las mujeres que salen cada fin de semana, que están aprendiendo, que llevan a sus amigas por primera vez, que entrenan para su próximo desafío, que se equivocan y vuelven a intentarlo.

Ellas también están construyendo la historia del montañismo.

La montaña sigue creciendo con nuevas historias

Chile tiene una geografía privilegiada para quienes quieren comenzar a explorar la montaña. Desde senderos cercanos a Santiago hasta grandes volcanes, glaciares y cumbres de la cordillera, existen desafíos para distintos niveles de experiencia.

Pero el futuro del montañismo chileno no depende solamente de cuántas cumbres se conquisten.

También depende de cuántas personas aprendan a disfrutar la montaña de manera responsable, segura y respetuosa.

Las mujeres que estuvieron antes dejaron caminos abiertos. Las que hoy comienzan están escribiendo nuevas historias.

Y quizás mañana, alguna niña que vea una fotografía de una montañista chilena piense que ella también puede estar ahí.

Porque la montaña no tiene dueño. Y cada nueva cordada puede comenzar una historia diferente.